Eran las once de la noche, no importa cuál. El cielo estaba pobre de estrellas y las luces de aquellos viejos faroles penetraban en la mirada perdida de Juan.
Un elegante restaurante con una mesa para dos, él y su insoportable soledad.
La noche transcurría y su cabeza navegaba perdida tratando de encontrar un puerto seguro para descansar.
No encontraba las razones, no entendía los porques de su angustia. Su soledad pidió una botella de vino, "el mas elegante por favor" y delicada mente, con su copa en la mano empezó a burlarse de Juan, con alguna que otra ironía de por medio.
En ese momento toda batalla parecía perdida, toda vida en vano y cada noche , una noche mas.
Esa noche Juan se canso de esperar, de tolerar su fatigado presente. No quiso conformarse con lo poco, lo vulgar, quería mucho mas y mucho mejor.
De repente toda lágrima se seco, la soledad se esfumó y la necesidad de ser brotó desde lo mas profundo de su alma.
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